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Hagamos que leer vuelva a estar de moda!

Updated: Nov 18, 2024

Paso más de tres horas diarias entre trenes, buses y metros. He visto crecer la invasión, y yo mismo he sido invadido por estos pequeños dispositivos. Al principio parecían inocuos: uno los cargaba, y si tenía alguna emergencia, los podía usar para ayudarse a resolverla. Luego, cada vez más rápido, se hicieron más útiles, poderosos, hasta parecer indispensables.

Al tradicional bipper se le unió el Walkman de comienzos de los 80’s; después vino el teléfono celular de Motorola cuyo diseño revelaba claramente su ancestro militar. El concepto se hizo más sofisticado y los celulares fueron vistiéndose de colores, redondearon sus formas y redujeron sus tamaños para hacerse más deseables… como joyas. Con la integración de funciones, pasamos al ‘smartphone’, y recientemente Apple comenzó a vendernos la ilusión de una pantalla del tamaño de una revista que al tocarla vuela por la web mientras escuchamos música almacenada a miles de kilómetros de distancia e intercambiamos mensajes con gente que hace lo mismo desde otro lugar del mundo. Al legendario libro le salió competencia como medio de distribución de contenidos, ahora que Kindles, NOOKs, Galaxies y otros aparatos similares se esfuerzan por imitarlos, mejorarlos (?) y reemplazarlos.

A estas alturas nadie sabe cómo será la próxima generación de dispositivos, pero sí está claro es que este fenómeno no disminuirá, a pesar de que más de uno se pregunte si realmente necesitamos todo esto.

¡Claro que no! respondo yo, pero me apresuro a aclarar que vivo feliz con mi Android. Cuando necesito comunicarme, o buscar algo, o leer, o trazar mi ruta a alguna parte, allí está. Si quiero música, video, juegos o noticias, allí están todas. Eso es fantástico, como de ciencia-ficción. Y si necesito hacer algo realmente demandante durante mi tiempo en el transporte público, saco el computador portátil y, como un caracol cibernético que lleva lo que necesita para sobrevivir a cuestas, mi espacio se convierte en oficina… pero tengo claro que es a mí a quien le corresponde el control de tanto poder, y que soy yo, no mis cachivaches electrónicos los que dictan lo que hago con ellos, so pena de desarrollar un permanente déficit de atención, resultado del desgaste de atender tantos estímulos simultáneos y disímiles. Todo esto sin mencionar la desconexión de la realidad inmediata a la que suelen llevarnos.

Sea en pixeles o en tinta, la palabra es demasiado valiosa como dejarla pasar. Y es por eso por lo que tanto lamento la crisis de lectura que nos agobia desde hace tiempo, y ahora, con todas estas opciones, se agudiza al poner a competir a la lectura con otras formas frecuentemente menos efectivas de conocer los pensamientos de otros, al ritmo y profundidad que decidamos hacerlo.

En este entorno de búsqueda de gratificación inmediata que prefiere la rapidez al detalle, resulta más fácil ver la película que leer la novela, o mirar las fotos que leer el análisis. Y no es que esté mal ver la película o mirar las fotografías. Lo que está mal es perderse de la novela o del análisis cuando estos contribuyan más a nuestra comprensión del mundo. Y es entonces cuando pienso en nuestros adolescentes y me preocupa la aversión que muchos tienen por la lectura, arguyendo que toma demasiado tiempo… o afirmado que leer da pereza.

Es el lector quien impone el ritmo, y en buena medida la profundidad de la lectura. Ese grado de control no es fácil cuando vemos una película, o jugamos Civilizations en el computador.

Con cualquiera de los dispositivos electrónicos portátiles de hoy uno puede, por ejemplo, pausar la película que está viendo y repetir lo que quiera ver y oír de nuevo. Tales cosas eran inimaginables cuando el arte representativo era en vivo, en el teatro, la radio o con programas de televisión en tiempo real. Los medios digitales otorgan un grado de control antes imposible, y lo aprecio. Sin embargo, percibo en una película, una obra de teatro o una pieza musical una dinámica cuya interrupción, conveniente o necesaria como pueda ser, de alguna manera corta el ritmo y la intencionalidad del autor.

En una obra literatura hay también una dinámica, pero, en gracia de discusión, afirmo que es mucho más flexible, y que permite y frecuentemente invita al lector a tomar el control, que es en últimas el intérprete de la obra, y que, como el director de una orquesta, determina el ritmo, pausas y fraseo de la música que interpreta. Por eso me gusta leer: soy libre para moverme a la velocidad que quiera, y en la dirección y profundidad que yo desee.

Desde hace tiempo que disfruto del placer de leer usando mis cachivaches. Pienso en ello y me doy cuenta de que ya no es frecuente que yo lea en libros. Me habitué a leer en la pantalla, y a disfrutar de la comodidad de poder encontrar la información que necesite sobre lo que estoy leyendo mediate una búsqueda en línea. Dije me habitué, pero para ser más franco, la expresión debió ser dependo de. Como con el control remoto del televisor, me pasó que, mientras no existía, no me hacía falta, y ahora, después de haberlo usado, me hace falta cuando no lo tengo.

Traje de Colombia una novela en rústica que comencé a leer mientras esperaba en las estaciones de los trenes. Al hacerlo, redescubrí el placer del libro. De pronto, no tenía que estar pendiente del nivel de la pila, o de la velocidad de conexión, y la letra era perfectamente legible para estos ojos, ya un poquito cansados para leer caracteres del tamaño de hormigas. Tampoco tenía que preocuparme por la seguridad, pues por desgracia un libro no atrae la atención tanto como un costoso y llamativo dispositivo electrónico, y está conectado a mi mente, no a la red, con todos sus peligros… y ventajas. Así las cosas, desde entonces cargo un libro o una revista, y dejo mi Android para cuando necesito comunicarme con el mundo exterior al diálogo entre el autor del libro y yo.

Mi hermano mandó hoy un video que le pone un giro de humor al asunto. Helo aquí, a modo de presentación commercial de una nueva tecnología, BOOK, en un video de YouTube producido por leerestademoda.com:

Comercial promoviendo la lectura. Una parodia sobre BOOK, en el estilo de la publicidad para dispositivos electrónicos

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© 2019 Carlos Echeverri

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