Recuerdos (a 38,000 pies de altura).
- carlos21490
- Feb 5, 2012
- 3 min read
Updated: Nov 25, 2024

A 38,000 pies de altura, a medio camino entre Nueva York y Vancouver, a 550 millas por hora, dormito durante el vuelo. Air Canada me cuida bien: aunque viajo en económica, disfruto de espacio para estirarme, comida a bordo, y del paquete de entretenimiento que incluye algunas películas, televisión, y una buena selección de música via XM Radio para hacer agradables las 5 y media horas del vuelo. La pantallita frente a mi indica en el mapa que volamos sobre algún remoto lugar de Dakota del Norte. El día es claro, y abajo puedo ver la inacabable extensión de lo que los norteamericanos llaman “Great Planes” (como decir, los llanos, pero en gringo, y por lo tanto, mucho, mucho más grande). Voy pensando en la forma de vida de los que viven allá abajo, y la forma como el entorno probablemente moldea nuestro carácter como individuos y como comunidad… cuando comienza a sonar en mis audífonos The Boxer, de Simon & Garfunkel.
Mi mente salta inmediatamente de los esfuerzos de los colonos, su epopeya viajando al oeste, de los indios, dueños de todo que después quedaron con casi nada, y se concentra en la música: “I am just a poor boy though my story’s seldom told…” No puedo evitarlo: siempre que oigo esa canción me remonto a un recuerdo de esos que uno atesora. Pasó hace años, y como suele pasar con los recuerdos, probablemente ya tiene mucho de mito personal, en la medida en que con el tiempo y la distancia los recuerdos se van reconfigurando. Y es que uno, sin querer queriendo, les va borrando las aristas agudas, y recrea (en realidad, frecuentemente crea) detalles que les permitan acomodarse mejor en la memoria. Pero me alejo del punto. The Boxer me recuerda una vez que, en silencio, mi amiga María Beatriz y yo escuchábamos esa canción a todo volumen, sonando por los parlantes del Fiat 147 gris que manejaba yo a comienzos de los ochenta.
Mientras esperábamos al cambio a verde de la luz de un semáforo, la música sonaba duro, y yo, pegado al muro de sonido del final de la canción -cuando hacia el final de la coda estalla el sonido de las tubas enfatizando el fraseo del dúo, como si fueran los golpes que la vida le ha dado a ese boxeador, yo, totalmente diluido en la música, grité: “¡Esos chelos!”
Nunca supe que estaba pensado ella en ese momento, pero recuerdo que cuando volví en mí, sorprendido del desdoble por el que acababa de pasar, ella me miró y no dijo nada. Solo sonrió mirándome a los ojos. En ese momento entendí porque ella era mi amiga… y me enamoré. Años después, gracias a un mejor equipo de sonido, entendí que eran tubas, no chelos (y ahora leo en algunas ratoneras de internet que es un sintetizador... podría ser). También leí en alguna parte que ese sonido algunas de las líneas de coro se habían grabado en una iglesia en Nueva York, ¡y que el tambor que se golpéa durante el coro (lai-la-la-*pum*-lai-la-la) se grabó frente al foso abierto de un ascensor en el piso 12 de los estudios de Columbia Records.
También aprendí que ella no me amaba, y después conocí otros amores. En su momento, y por un tiempo, no parecía posible, pero todo salió bien. Bien dice mi filósofo de cabecera que los recuerdos suelen ser tristes, “hijos como son del pasado”. Claro que he sentido eso, Maestro, y como usted, también he llorado cuando nadie me ve ¿Quién no? Pero hay algo más, amigo Serrat. Somos lo que somos gracias a lo que fuimos, así que celebro mi pasado con todos sus recuerdos, imperfectos, más que inexactos. Así las cosas, sigo disfrutando de la música, aquí, ahora, camino de Vancouver. Mi equipaje es mucho más que mi maleta: soy yo mismo, hecho de mis experiencias, que para mí son todas valiosísimas. Algo curioso es que siendo mucho más importante que la ropa que va en mi maleta, no tengo que pagar adicional por traer mis recuerdos (osea, a mí mismo) a bordo ¡Hay que ver como el sistema de valores está bien trastocado!
Supongo que todos evocamos recuerdos cuando vemos, oímos tocamos, olemos o degustamos algo que está conectado con nuestro pasado. Hoy celebro esa cualidad que nos hace únicos, en Bogotá, en Medellín, o en New Jersey; a 38,000 pies, ya sobre las rocallosas, o en Vancouver, o cuando vuelva a casa. En este momento están sirviendo el almuerzo, así que, con permiso, me retiro. Levanto mi copa y brindo, conteniendo un grito a lo “Esos Chelos”. Pero sí musito: por la vida, ¡a construir nuevos recuerdos cada día! ¡Salud! y me bajo una copa de vino de un tirón.



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